En octubre del año pasado murió Amalia Jamilis, un rostro
infaltable entre las escritoras de los años sesenta -siempre a través
de esa fotografía que la muestra con esa cara bella y trágica
a lo Irene Papas-, alguien que cultivaba con continuidad un género
hoy un poco desacreditado como es el cuento. La noticia no fue registrada
síno por Elvio Gandolfo en la revista V de Vian.
La obra de Jamilis ronda los sesenta cuentos que, como dijo Gandolfo,
la muestran como una escritora que "gatea en la rama", es decir -es un
cita de Faulkner- que corre riesgos, utilizando la herrería técnica
no como una cuadrícula sino como la brújula módica
de una aventura que, lejos de proponer una solución, suele interrumpir
la tranquilidad del lector. Escritora de climas, pariente de Cortázar
en su universo de connotaciones cotidianas, puntea como él a través
de marcas publicitarias, nombre de estrellas de cine, espacios urbanos,
un realismo que transmite una versión compleja de lo que, en la
época en que Jamilis era visible en el campo intelectual inmediato,
se llamaba "pueblo" y que uno de sus personajes define como "gente del
país, la pobre gente".
Gente que en los cuentos de Jamilis jamás es estereotipada como
bajo la idealización populista de los cronistas de aguafuertes del
periodismo o de la fobia gorila del autor de Rayuela, en Las Puertas Del
Cielo, sino capaz de audacias imaginativas resistentes a toda necesidad
e inauditos tráficos sensuales capaces de atravesar la contingencia
económica, burlona y combativa.
Amalia Jamilis vivió sus últimos años en Bahía
Blanca, donde era profesora de artes plásticas. Que sus cinco libros
-Detrás de las columnas, Los días de suerte,
Madán,
Parque de animales, Los trabajos nocturnos y Ciudad sobre el
támesis- no formen parte evidente del canon de la literatura
argentina ni de los papers de los congresos especialistas en el género,
que no sea cita en las enumeraciones de los suplementos culturales, crea
interrogantes.
Que Amalia no haya circulado por vernissages porteños; festejos
de premios o presentaciones de libros no explica esto del todo, ya
que muchos autores han hecho de su lejanía de la Capital una marca
de identidad o un nexo mas privilegiado con Latinoamérica sino un
golpe de efecto -la ermita como gran salón-. Quizá una de
las causas es que los textos de Jamilis no obedecen a los parámetros
temáticos o estilísticos dictados por la crítica feminista,
mucho menos entran en los del boom de las mujeres latinoamericanas escritoras.
O quizás ella haya tenido una estrategia de largo alcance al sustraerse
a los campos de lucha inmediatos de la política cultural , pero
apostando a lectores independientes presentes o futuros. Que su muerte
la haya detenido al borde de una novela a publicar la acerca aún
mas a Silvina Ocampo, cuyas novelas se desconocen y con quien comparte,
aunque en el caso de Jamilis en un orden más piadoso, ese universo
de la perversión cotidiana que suele emboscarse en la vida común,
esa pasión por las enormes minucias de los seres ordinarios, pero
únicos.
M.M. ( Página 12 en 2000 )